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¿Moral o inmoral?

9 marzo 2010

Cuando les comenté a mis compañeros de matemáticas que si querían podían colabarar con este blog lo último que me esperaba es que mi amigo Gante me enviara un texto sobre la moral. Se sale totalmente de la línea del blog, pero me ha gustado, así que aquí está.

¿Qué es la inmoralidad? Empiezo a pensar que la palabra en sí está mal construida desde un punto de vista etimológico ya que el inmoral no es aquel que rechaza la moral, que niega la existencia de la misma, sino aquel que rechaza la moral establecida por la sociedad, la moral pública. Por tanto, el inmoral rechaza la moral pública pero no niega la existencia de una moral, es entonces aquel que crea su propia moral. El inmoral es aquel que desecha los valores establecidos y crea los suyos propios para decidir qué es lo correcto y qué no. En cambio, aquel que rechaza toda existencia de moral y, por tanto, rechaza las ideas del bien y del mal, aquel es llamado amoral. Los amorales a menudo mantienen que la moral limita nuestros actos, de manera que nos sentiríamos inclinados a hacer algo que no queremos hacer sólo porque pensamos que debemos o dejamos de hacer algo porque lo consideramos “malo” o incorrecto.

Cada persona tiene unos objetivos y en función de ellos debe crear su propia moral, no creo que nadie pueda llegar a sentirse realizado totalmente bajo el yugo de una ley impuesta al alma, pues no hay menor libertad que la que te impide hacer algo por la vergüenza o el remordimiento. Cada persona debe indagar en su interior e ir preguntándose qué considera correcto y porqué para así llegar  a la conclusión de cuales son sus verdaderos objetivos, y conforme los vaya descubriendo ir creando de ellos una moral propia, una ley que diga: lo que me acerca a mis objetivos está bien, lo que me aleja de ellos está mal. ¿Por qué sentirse mal si nuestros verdaderos objetivos son algo aparentemente vacío, animal e instintivo? Al fin y al cabo el hombre es un animal y no debe confundirse por la idea inculcada de que tiene que ser algo más profundo; tiene que ser cómo le apetezca ser, más profundo o más instintivo según le nazca. No puede sentirse superficial porque sus ideas sean calificadas de tal manera por una sociedad que en ocasiones lo reprime, o quizá deba sentirse superficial porque así son sus ideas, pero no sentirse mal por ello; más mal habría de sentirse  toda persona por reprimir esos instintos que son lo más básico, natural y puro que va a salir de ella, más mal habría de sentirse por negar esos deseos banales que tiene. El problema es esa “humanidad” asimilada que dice que el humano es superior al resto de animales y, siendo esto cierto, intenta ocultar que sigue siendo un animal a pesar de ello. Esa humanidad que le dice al hombre que no puede comportarse como un animal porque no es como ellos, que los instintos son mentira, que los sentidos le confunden. Esto tampoco debe malinterpretarse, debemos hacerle caso a la razón, pero no debemos renegar de nuestros instintos. No se trata de entregarnos al hedonismo, se trata de rechazar la humanidad.

La moral pública, la moral de rebaño, dice que todos los hombres son iguales, hermanos ante Dios, pero ¿no es cierto que muchos ya no creen en el Dios cristiano? ¿No es cierto incluso que algunos incluso nieguen su existencia? ¿Por qué entonces todos siguen comportándose como buenos cristianos? En algunos aspectos ya muchos no lo hacen pero cierto es que todos siguen respetándose mas o menos entre ellos como iguales y sin embargo no parece que haya demasiados que, renegando del Dios cristiano, supieran argumentar porqué deben tratar al prójimo con respeto, porqué deben cuidarlo, porqué es un igual si ya no es un hermano. ¿Por qué? Y uno podría decir:

– No debo hacer al prójimo lo que no me gusta que me hagan a mí.

Y volvería a preguntarle:

– ¿Por qué no debes?

Y quizás me respondería:

– Porque no me nace, instintivamente siento que debo respetarlo.

Y sería una buena respuesta (“Porque sí” sería una mala respuesta) pero supongamos entonces una situación en la que un individuo hace algo que agrada a un segundo individuo. El segundo individuo se sentiría en necesidad de devolverle al primero algo igual de “bueno” que lo que ha recibido. Realmente sería más correcto hacerle al primero lo que él (con su propia moral no cristiana) considera bueno, realmente lo que sentimos es la necesidad de agradar al que hizo algo que nos agradó. De forma que el agradecido intentará devolverle al primer individuo algo cualitativamente igual a lo que ha recibido.

¿Pero es esto así realmente? Creo no ser el único que alguna vez ha sentido la necesidad de devolver algo mucho mejor que lo recibido, o al contrario, si recibo un puñetazo (por ser más concretos) lo que deseo es pegarle una paliza al que me lo dio, pero no devolverle otro puñetazo de igual potencia en el mismo lugar donde recibí el impacto.

Por tanto el punto de vista de “no debo hacer al prójimo lo que no me gusta que me hagan a mi” es obsoleto y aplicable sólo a situaciones muy generales. Como dicen el marxismo y el historicismo, el mundo no se rige por valores medibles, al menos no en general, ya que la medida de esos valores cambia con el tiempo y es sólo válida en cada momento.